Reflexión. No hay peor sordo que el que no quiere oír, sobre Isaías 6.1-10.


En el año de la muerte del Rey Uzías, quien tuvo un reinado muy prosperado hasta el día en que cayó en desgracia ante Dios a causa de su orgullo[1], el profeta Isaías recibe su llamado profético (Isaías 6.1-13). Hoy sabemos que el año en cuestión fue el 759 a.C.  porque en el libro del profeta Zacarías (Zac. 14.5) hay una referencia al año de la muerte de este rey, indicando que hubo un gran terremoto. En el registro de terremotos anteriores al siglo XX hay uno correspondiente al 7 de Octubre del 759 a.C.[2]

Isaías tiene una visión del Trono de Dios y recibe su ministerio profético al pueblo de Judá (Reino del Sur). En esa visión El Señor pregunta quién iría por el Reino a anunciar La Palabra de Dios a Judá y el profeta gritó: Aquí estoy, envíame a mí (6.8)
Entonces Dios le respondió:

—Ve y dile a este pueblo:
»“Oigan bien, pero no entiendan;    miren bien, pero no perciban.”10 Haz insensible el corazón de este pueblo;    embota sus oídos    y cierra sus ojos,no sea que vea con sus ojos,    oiga con sus oídos,    y entienda con su corazón,y se convierta    y sea sanado. Is. 6.9-10 NVI

¿Cuándo una persona oye pero no entiende y mira pero no “ve”? Cuando su entendimiento (corazón) está cerrado a causa de su religiosidad. El libro de Isaías hay constantes referencias a la religiosidad que nubla la comprensión de la Verdad, por ejemplo:

El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; pero Israel no conoce,     mi pueblo no entiende!» Is. 1.3 NVI.

 13 El Señor dice: «Este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.  Su adoración no es más que un mandato  enseñado por hombres. Is. 29.13 NVI

La viña del Señor Todopoderoso es el pueblo de Israel; los hombres de Judá son su huerto preferido. Él esperaba justicia, pero encontró ríos de sangre; esperaba rectitud,     pero encontró gritos de angustia. Is. 5.7  NVI


Hace un tiempo atrás, tuve una charla con una maestra católica, una mujer estudiosa de las Escrituras y comprometida con su Iglesia local, en la que desarrolla tareas de docente preparando a los catequistas. Le pregunté cómo podía dar culto a las imágenes si claramente el Primer Mandamiento dice que no demos culto a los ídolos:

2 «Yo soy el Señor tu Dios. Yo te saqué de Egipto, del país donde eras esclavo. 3 »No tengas otros dioses además de mí.4 »No te hagas ningún ídolo, ni nada que guarde semejanza con lo que hay arriba en el cielo, ni con lo que hay abajo en la tierra, ni con lo que hay en las aguas debajo de la tierra. 5 No te inclines delante de ellos ni los adores. Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso. Éxodo 20.2 -5 a NVI.

La señora, que conocía perfectamente el pasaje, le quitó importancia y dijo que en realidad las imágenes y las estatuas ellos no las consideraban ídolos, y negó que les rindieran culto.
Evidentemente en ella se cumple lo dicho en Isaías 6.9 “oyen y ven pero no entienden”. Pero esta no es una nota contra los católicos, ni contra los judíos o cualquier grupo confesional, es una nota que habla del peligro de la religiosidad, porque la misma anula la capacidad de las congregaciones a percibir la Verdad de Dios.

Hace poco estuve participando de una conferencia, donde la mayoría de los asistentes pertenecen a una mega iglesia. El pastor estaba exponiendo sobre el peligro que entraña desviarse de la prioridad que Dios marcó para la Iglesia: Llevar a la gente a un nuevo nacimiento, para que puedan “ver y entrar” en el Reino de Dios (Juan 3.3) y advirtió que en los últimos tiempos muchos líderes han empezado a poner otros objetivos personales por encima de esta prioridad del Reino, mencionó el ansia de poder, de riquezas y de prestigio, explicando que generalmente todas esas “metas” se consiguen con una masa importante de feligreses, siendo por lo tanto muy importante para ellos el constituir mega congregaciones. 

En esa conferencia la mayoría de los oyentes son precisamente miembros de una mega iglesia que tiene como “objetivo principal” alcanzar una membrecía de 50.000 personas. El conferencista desarrolló su exposición de manera neutra, ajustándose a la teología, sin embargo para mí lo dicho debería haber impactado directamente en los miembros de aquella mega congregación, porque cada punto señalado por el conferenciante parecía hablar de “la visión” de dicha iglesia. 

Pero cuando les pregunte a aquellos a quienes conocía sobre sus impresiones sobre la conferencia, ninguno de ellos se había percatado de que quizá ellos estuvieran en un modelo que no encajaba con la “sana teología” expuesta por el orador. Sencillamente “no habían entendido, a pesar de haber visto y oído”. Jesús tenía una teología simple, la prioridad era que la gente “naciera de nuevo, pudiera ver y entrar al Reino”. El no estaba preocupado por ganar prestigio, juntar multitudes (después de tres años de un  Ministerio poderoso solo tenía doce discípulos) no tenía la aspiración de tener el ministerio más grande, ni el más popular. El no buscaba hacer brillar su prestigio. 

Hoy el mundo está metido en la Iglesia, y por eso es común “medir” el valor de las congregaciones por su tamaño, su poderío económico, por el nivel de capacidad profesional de sus músicos, etc… Sin embargo la verdadera Iglesia de Cristo (la que Él vendrá a buscar) está conformada por los “Nacidos de Nuevo”. 

Por algo dice la Escritura: "Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado y el otro será dejado. Dos mujeres estarán moliendo, una será llevada y otra será dejada" Mateo 24.40 – 41 RV60

Las dos personas a las que se refiere el pasaje son la Iglesia, pero uno de ellos quedará afuera. Por eso creo que debemos volver a las bases, al evangelio simple de Jesús.




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[1] 2 de Crónicas 26.18-26
[2] http://es.wikipedia.org/wiki/Oz%C3%ADas



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