Nota. La Clase Perfecta, By pastor Ardián Pablos.


Lo cierto es que la definición de lo que representa una clase perfecta no es nada fácil. Es por ello que utilizaré el ejemplo de un atleta para tratar de comprender, junto a usted, cuáles fueron los ingredientes que utilizó el profesor para conseguirla. Me permito recurrir a  un deportista porque es el ámbito en el cual mejor me desempeño y como hizo el Apóstol Pablo, me animo a trazar un paralelo entre un catedrático y un atleta  en el que hacer de la enseñanza.

Preparación: 

Cuando veo la mirada de un deportista antes de enfrentarse a su ejercicio, puedo intuir que tiene completamente visualizado el ejercicio en su mente, tengo el absoluto convencimiento de que no ha dejado nada al azar. Ha memorizado de principio a fin su rutina, haciendo especial hincapié en sus puntos fuertes y enfrentándose a sus puntos débiles. 
La clase perfecta no sale de la improvisación, sino de la preparación. Comprender una clase antes de impartirla es fundamental para que fluya satisfactoriamente.

Determinación: 

Unos segundos antes de comenzar la competencia el atleta respira hondo. Para él y para su equipo hay mucho en juego. El profesor es consciente de la responsabilidad para con él y para con sus alumnos.
La clase perfecta requiere una alta dosis de determinación. El catedrático entró en el aula con paso firme y con seguridad. En ese momento él pasó a ser el centro de atención. Captó la curiosidad de los alumnos, haciéndose totalmente visible. Tal cual como un atleta de primer nivel, fue en ese momento cuando comenzó el espectáculo.

Seguridad: 

Qué mejor manera de afrontar un reto que con la seguridad que tiene depositado en el mismo y en los conocimientos adquiridos. El deportista se dirige al campo de juego sin el menor atisbo de duda. Sabe que no hay marcha atrás. Sabe que ahora es su minuto, todo lo que ha imaginado hasta ese momento no sirve de nada. Es el instante en el que hay que dar lo mejor.
La clase perfecta, llevó por  parte del profesor, la seguridad que le dio la buena preparación y la correcta predisposición. La tranquilidad está en aquello que enseña, o mejor dicho, en que cree en aquello que enseña.

Simplicidad: 

Muchas veces pienso que la perfección está íntimamente ligada a la simplicidad. Cuando veo la ejecución del atleta de fuerza, me da la sensación de que el ejercicio es algo que cualquiera sería capaz de llevar a cabo. Se trata de un acción simple, sin estridencias, no es llamativo y no hace nada que los demás competidores no hayan hecho previamente. Lo que lo diferencia del resto de los gimnastas es que consigue fácil lo imposible. Y lo fácil lo transforma en algo perfecto.
La clase perfecta consiste en hacer de lo complejo algo simple. Lo importante no es lo que nos enseñó, sino que aquello que expuso, lo hizo  de tal forma que todos sus alumnos lo entendimos, lo asimilamos, lo aplicamos y le dimos utilidad fuera del aula. 


Ritmo: 

Otro de los aspectos que más me gusta del ejercicio de un atleta es el ritmo que imprime en la ejecución. Me admira la fluidez de sus movimientos y la naturalidad de sus destrezas. 
La clase perfecta requiere un gran manejo del ritmo. El profesor se destacó en la cadencia que le imprimió a la clase, logrando una atención permanente y expectativa creciente en cada uno de nosotros. 


Flexibilidad: 

Uno de los grandes retos que supone el levantamiento olímpico de pesas es la lucha entre la flexibilidad del cuerpo y la rigidez de las barras cargadas con elevados kilajes. Se trata de un pulso entre la plasticidad y la rigidez de la ley de gravedad. La maestría del competidor, radica precisamente en que es capaz de hallar el equilibro entre ambas.
La clase perfecta requiere ser flexible y adaptarse tanto al contenido como al perfil del alumnado al que se le imparte la enseñanza. Este buen hombre no nos educó desde la rigidez o la autoridad, sino que lo hizo desde la convicción de que se puede enseñar a todos los alumnos, pero atendiendo a la particularidad de cada uno de estos como individuos. 


Riesgo: 

No hay éxito sin riesgo. Nadie intenta alzar varias veces semejante peso a lo largo de la competencia, sin saber que alguna vez puede ser superado o caer.
La clase perfecta, el maestro la vivió asumiendo previamente una serie de riesgos. Estos peligros consistieron en ver qué funcionaba y qué no, y cómo podía transformar aquello que no marchara. Definitivamente no transformó el riesgo en comodidad, sino en una oportunidad de ser mejor docente.


Finalización: 

El pesista realiza el último levantamiento de la jornada. Luego de alzar la carga, sus manos alejan definitivamente la barra. Lo lleva a cabo de una forma majestuosa, extendiendo al máximo su cuerpo y abriendo los brazos, transfiriendo el movimiento a un saludo final. Al instante, el ruido de las pesas contra el suelo lo trae a la realidad. Es en ese momento que se da cuenta de que ha hecho algo grande. No le hace falta oír el entusiasmo del público, sabe que su ejercicio es perfecto. Sabe que su ejecución se merece un oro, la perfección.
La clase perfecta se sabe sólo al final de la sesión lectiva. En el momento en el que se oró para despedirnos, estoy totalmente seguro que nuestro profesor, se dio cuenta que durante el desarrollo de la clase había hecho algo grande, algo realmente especial, algo extraordinario. Se me hace realmente difícil explicarlo, pero le aseguro que si le pasa, si consigues impartir la clase perfecta, te darás cuenta al instante; como lo hizo nuestro amado Maestro y nuestro humilde atleta al finalizar su ejercicio.


Sonrisa: 

El pesista sabe que lo ha conseguido, ha obtenido la perfección. Es el momento de relajarse, de disfrutar del logro y hacerlo con la mejor de sus sonrisas.
La clase perfecta debe acabar con una sonrisa. Durante la sesión lectiva ha existido una complicidad. El maestro ha  empatizado con sus alumnos.


Agradecimiento:

El atleta sabe que el solo no habría sido capaz de conseguir la perfección. El es consciente de que se lo debe a mucha gente, empezando por su entrenador y finalizando por el público que lo aclama.
La clase perfecta no la consiguió solo. Para llevarla a cabo, nos demostró, que necesitó de la complicidad de sus alumnos. Logró esta colaboración a lo largo de la sesión lectiva, es por ello que al final de la clase nos hizo sentir amados con un agradecimiento por nuestro esfuerzo y atención; comunicándonos que luego de este curso él también había aprendido algo de nosotros. Y antes de irse nos dejó esta frase que atesoro en mi corazón -No olvides que el que enseña aprende dos veces-
Como vemos, la clase perfecta es todo un reto, así como lo es  el ejercicio de levantar pesas para un atleta de fuerza. Pero estoy convencido que muchos de nosotros tenemos la actitud y la aptitud para conseguirla. Aun así en ocasiones creo que es inútil ir a buscar la clase perfecta, porque será ella la que vendrá a nosotros si nos dedicamos a enseñar con amor y excelencia, sabiendo a quien servimos.

Adrián Esteban Pablos.



Clase Perfecta, pasos para hacer una buena clase.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Reflexión. La parábola de las 10 vírgenes. By Fabian Massa

NEWS. Второй зверь. By Fabian Massa.

Reflexión. El primer discurso de Pedro y la conversión de los 3.000. By Fabian Massa.